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Sobre la almohada

Sin duda, la influencia árabe en el idioma español ha sido decisiva. Estuvieron más de siete siglos en tierras hispánicas, por ello el vocabulario español contiene aproximadamente cuatro mil palabras de ese origen, como por ejemplo, la palabra almohada (significa precisamente 'propio de la mejilla'.

Los orígenes del uso de la almohada son tan remotos como pudo ser la necesidad de apoyar la cabeza en alguna superficie blanda para procurar un buen descanso. La mitología griega hace referencia a este objeto. Uno de los 12 trabajos encomendados a Hércules fue robar unas manzanas de oro que proporcionaban la inmortalidad. Una vez que estuvo Hércules en el jardín de las Hespérides, le pidió a Atlante, conocido también como Atlas, quien tenía como misión soportar sobre sus hombros el mundo por toda la eternidad, como castigo por haber participado en la lucha de los gigantes contra Zeus, que cogiese las manzanas mientras él le ayudaba a sujetar la bóveda terrestre.

Cuando Atlante tuvo las manzanas comunicó a Hércules que él mismo llevaría las manzanas a Micenas. Hércules, utilizando la astucia, se mostró de acuerdo, pero le pidió al titán que sujetase durante un momento la bóveda mientras se colocaba una almohada para estar más cómodo. Una vez que el titán tomó de nuevo el peso sobre sus hombros, Hércules cogió las manzanas y huyó, habiendo así cumplido el trabajo encomendado.

Las almohadas en la etapa inicial de nuestra vida son objetos mágicos, pues debajo de ellas se llevan a cabo asombrosos trueques. La tradición de colocar los dientes de los niños debajo de la almohada es prácticamente universal, aunque adopta diversas formas. En la leyenda británica existe el hada de los dientes, quien cambia los dientes de leche que se le caen a los niños por golosinas. En Argentina y otros países de habla hispana se cree que la criatura encargada de recoger los fragmentos perlados y cambiarlos por golosinas o monedas, es el ratoncito Pérez. En Italia es Topolino y en los países anglosajones este papel es de Tooth Fairy. La leyenda cuenta que con estos dientes se forman hermosos collares para las reinas del mundo de las hadas. Otras historias infantiles dicen que estas pequeñas piezas blancas se convierten en pepitas de oro con las que se hacen joyas maravillosas.

Las almohadas conocidas son, también, como cojines, almohadillas, cabezales, colchoncillos o plumoncillos. Cabellos, saliva, y ocasionalmente lágrimas, quedan sobre o dentro de su relleno. También nos acompañan en los sueños dulces y en los amargos, en el descanso y en el esparcimiento.

Las almohadas, al igual que la humanidad, han evolucionado, ya no sólo existen las rellenas de borra, esponja o plumas, ahora se venden almohadas herbales, magnéticas, de viaje y de espuma sensible al calor para soporte cervical, también hay para evitar el reflujo. Las rellenas de cáscara de trigo sarraceno están teniendo también una importante venta. Este tipo de almohadas sigue uno de los principios fundamentales de la medicina oriental, el cual dice que para el buen dormir debe mantenerse fría la cabeza y los pies calientes.

Existen personas que no pueden dormir sin su almohada acostumbrada, e incluso viajan con ella para procurar su descanso en otras camas, hay otras que no la usan o les da igual usar una grande o una pequeña. En gustos se rompen géneros.

Historias dentro de las cuales las almohadas tienen un papel principal hay varias, igual que canciones y poemas. 'El almohadón de plumas', del escritor uruguayo Héctor Quiroga, narra la historia de Alicia, quien muere misteriosamente, conociéndose la causa hasta que Jordán, su esposo, al ver sangre en la funda del almohadón donde estuvo recostada Alicia en sus últimos días, la corta y descubre que entre las plumas se encontraba un animal monstruoso, de patas velludas. Quiroga termina el cuento diciendo algo que espeluzna 'felizmente mi almohada es de algodón': 'Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de plumas'.

Una referencia menos tétrica, pero algo triste, es aquella canción que dice que al despertar ella no está con él, sólo estaba su almohada. Benedetti dice: 'yo no elijo mis sueños, es ella [la almohada] la que los incorpora en desorden de feria [...] pero al cabo de tantas almohadas sin cuento, sin historia y sin alas, como siempre prefiero la de tu vientre tibio...'. Jaime Sabines recomienda '...Pon una hoja tierna de la luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver...'. Y la vida enseña que no hay mejor almohada que una conciencia tranquila.